Durante algunos años, el hidrógeno verde ocupó un lugar destacado y, para algunos analistas, sobredimensionado dentro de la narrativa de la transición energética y del conjunto de tecnologías consideradas necesarias para avanzar hacia una economía de cero emisiones, al ser presentado simultáneamente como una alternativa para descarbonizar la industria pesada, transformar el comercio internacional de energía, habilitar una nueva plataforma exportadora para países con abundancia de recursos renovables y abrir una nueva oportunidad de desarrollo industrial. Detrás de ese posicionamiento, coexistían una fuerte expectativa tecnológica y también una lectura política más profunda, vinculada a la búsqueda de una opción capaz de compatibilizar reducción de emisiones y crecimiento económico.
Esa expectativa de desarrollo acelerado del hidrógeno verde no desapareció, aunque comenzó a mostrar una trayectoria sustancialmente más lenta de la prevista a medida que el mercado global de proyectos ingresó en una etapa de enfriamiento caracterizada por cancelaciones, postergaciones, reducción de escala y revisión de portafolios. En ese marco, la distancia entre los anuncios políticos y la narrativa inicial fue dando lugar a una realidad bastante menos dinámica, ya que, conforme los proyectos avanzaron hacia fases de mayor exigencia técnica, financiera y comercial, se hicieron más visibles las restricciones estructurales que presentaba el sector. Los costos permanecieron elevados, la demanda final no terminó de consolidarse, la infraestructura necesaria avanzó con lentitud y la brecha entre el impulso político inicial y la viabilidad económica efectiva se amplió de forma progresiva.
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