Durante los últimos años, una parte relevante del debate energético global estuvo dominada por la transición, la electrificación, la expansión de las renovables, la caída relativa de la intensidad energética en algunas economías, y la idea de que el sistema internacional había desarrollado mayores capacidades de absorción frente a episodios geopolíticos.
Luego de Ucrania, la llegada de la administración Trump en Estados Unidos y ahora la guerra en Oriente Medio volvieron a recordarle al mundo que cuando el riesgo vuelve a instalarse sobre un punto crítico de la infraestructura física del sistema energético, la geología, la logística y la seguridad material del suministro pesan más que la narrativa política. El shock actual no es, en su esencia, una simple perturbación de expectativas en el corto plazo; la crisis surge de una amenaza directa sobre los flujos de la cadena de suministro de los sistemas energéticos y por eso sus efectos son tan rápidos, extendidos y difíciles de neutralizar.
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